tranquilo,
transparente,
y denso como vino añejo.
Miro a través de la ventana y aunque hay un bosque atrás de ella lo único que veo son mis pensamientos reflejados en el vidrio. LLevo horas sentado sin hacer nada. Observando, o intentando observar porque mi mente me interrumpe cada que logro concentrarme. Al levantarme veo su carta sobre la mesa. Me parece una imagen extraña, una carta abandonada, las cartas nunca debería de estar abandonas, y aunque muero de curiosidad por saber que secretos guarda por dentro decido olvidarla.
Trás dar unos pasos y cruzar la sala alcanzo la puerta. Me detengo a mirarla y por primera vez me doy cuenta que me dá miedo salir. No hay fantasmas en esta casa, afuera, quien sabe.
Me siento de nuevo en el sillón e intento concentrarme en ver como cae la nieve. Es inútil, mis pensamientos me roban la atención y me regresan a ese rincón de mi mismo donde nunca puedo estar tranquilo. Lo terrible de estos momentos es que el tiempo pasa lento, denso y no deja marca alguna. Si alguien me viera en ese instante diría que soy el mismo de ayer, y sin embargo no lo soy. Todo ese tiempo agrio que pasa dentro de mí deja su marca invisible y me transforma por dentro.
Y aún así, a ratos, sonrio.
No hay remedio alguno para esta tarde. Agarro el viejo violín con mis dos manos y antes de saber bien lo que hago me pierdo en la música.
tranquilo,
transparente,
como luz de verano.

(foto por: http://www.flickr.com/photos/24895781@N07/2784140867/)
-Elian
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A través de sus ojos oscuros pudo ver el blanco reflejo de la luz que caía sobre su silueta. Desde lejos su forma era apenas reconocible, sin embargo el aire le había llevado su aroma desde mucho antes que su cansada vista la pudiera ver.
Esperando entre los árboles vió un pájaro pasar. Al seguirlo con la mirada se encontró con la línea que divide el sol con el horizonte. Vió un bosque nevado, un bosque blanco y desierto, un lugar lleno de soledad. El viento helado le hizo regresar su mirada hacia la capa blanca que poco a poco se acercaba a el. Sin moverse un paso se sacudió la nieve que se acumulaba en su cuerpo, y lentamente comenzó a apoyarse en el pino que se encontraba a su lado.
Cerró los ojos y recordó por un instante las tardes de oscuros inviernos cuando juntos habían compartido interminables momentos. Sobre todo recordaba sus manos largas acariciando el piano, creando notas y acompañándolas con su delicada voz de soprano, mientras el, sentado a un lado del fuego, alternaba los segundos entre escribir en una libreta y voltearla a ver. Sus ojos azules nunca encontraban los suyos en esos momentos. Su pasión era perderse en la música, la de el perderse en un mundo ambiguo, un mundo lleno de letras y ella.
Suspiró. Faltaban solo unos segundos para mirarla fijamente y decirle lo que las palabras no saben expresar. Tan solo unos segundos para contarle 10 años de su vida, y para ver, si ella le contaba la suya también…

foto por: (http://www.flickr.com/photos/jpn/352854747/)
-Elian
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Sin rumbo, despacio.
Hoy la música no tiene armonía, los átomos han perdido sus vibraciones.
Lento como el denso crujido del sonido de un violín viejo, y suave como la luz dorada que cubre la piel quemada al atardecer.
A lo lejos un campo de maiz. Aquí a mi lado solo hay música muerta.
El pasto crece sin ninguna prisa, no lleva rumbo ni sentido, no tiene inteligencia solo la sabiduría del mundo dentro de sí que lo hace crecer.
Con mi mente camino entre los maizales en busca de esa vibración que se fue, de ese movimiento que imprime sentido.
Es una búsqueda perpetua,intentando encontrar el acorde de piano que alguna vez me hizo sonreir.
-Elian

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Sin prisa miró como lentamente el agua se fue evaporando dejando un vacío donde segundos antes se encontraba un poema. De nuevo agarró el pincel con las 2 manos y metódicamente mojó la punta en la fuente. El pincel de más de un metro de alto era un regalo que su abuelo le había hecho en uno de sus viajes por el mundo. Al entregárselo le había contado la historia de un viaje por Mongolia en el cual había comprado un caballo blanco de raza pura. Después de cabalgar varios años y cruzar incontables países con él su caballo murió. La tristeza de su abuelo fue tal que decidió cortar la cabellera del caballo y hacer un pincel con ella para poder escribir en poemas todas las aventuras que habían vivido juntos.
Después de terminar el último trazo miró sus manos llenas de arrugas. Al mirar al lado opuesto del parque notó como había menos gente de lo usual. El viento soplaba lento y las hojas de los árboles se mecían como de costumbre. Al regresar en sí mismo vio que el agua del pincel ya había comenzado a evaporarse de nuevo. Sin inmutarse sumergió aquel enorme pincel en la fuente y frunciendo el ceño escribió la primera palabra de la historia que relataba aquella vez que estuvo en Berlín durante la caída del muro. Conforme iba plasmando el cuento sus movimientos se volvían más firmes y sus manos temblaban menos. Las duras líneas de su rostro contaban la historia de una vida dura y al mismo tiempo expresaban una extraña tranquilidad. Era tal la naturalidad con la cual escribía sus cuentos efímeros sobre un duro pavimento que un espectador distraído jamás se hubiera dado cuenta que había alguien enfrente de una fuente con un pincel grande y extraño. Al terminarse de evaporar su última historia miró fijamente el pavimento ya vacío de letras. Sin modificar su expresión hundió de nuevo el pincel en la fuente y comenzó una nueva historia.
Durante varios años lo vi todos los domingos dedicarle poemas e historias al aire. Durante incontables días me pregunté cual era el sentido de escribir una historia en agua sobre cemento, algo tan efímero y por lo tanto insignificante para el mundo. Y aunque solo platicamos pocas veces hoy extraño la gracia de sus movimientos y su inquebrantable perseverancia.

Foto por: http://www.flickr.com/photos/65859642@N00/2721326092/)
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Aun la luz puede viajar sobre el agua. Y si lo intento un poco, mis pensamientos también. Muchas veces me he preguntado que se sentiría ser una molécula líquida, acoplarse a cualquier lugar y ser siempre parte de un todo. Pienso que el agua es como una hermandad de seres que no pueden vivir sino en grupo, obedeciendo no sus caprichos ni sus deseos, sino los quiebres y deslices de en lo que en un instante son su contacto con la realidad. Creo firmemente que las moléculas no tienen política ni presidentes, pero si una conciencia aguda y desarrollada que les hace esconder a los humanos que en realidad, en noches de luna, hablan.
Cierro los ojos y comienzo a oler el conjunto de moléculas que conforman el río. Cada una tiene un olor peculiar pero juntas huelen a algo que llamamos “fresco”. Acerco mi mano a la superficie pero la detengo justo antes de tocar la fina tela que cubre la cima del río. Siento como las yemas de mis dedos quieren separarse para comenzar ese viaje infinito e incierto. Fijo mi vista en una piedra negra y redonda que yace sola al fondo del caudal y por un segundo creo ver como un haz de luz se detiene en ella por un instante para después ser llevado por la corriente.
Sin querer mis pensamientos también se los roba el río. Siento el cerebro mojado y me doy cuenta de que viajo en un flujo infinito. Al fluir sin rumbo todo cobra sentido. Algunas palabras desaparecen mi vocabulario, no recuerdo que significa adelante o detrás, presente o pasado, solo sé que alguna vez fueron. Tomo el papel de “el olvido” y destruyo mis recuerdos, o más bien, los fusiono con la hermandad de moléculas de agua que me han adoptado. Quisiera seguir escribiendo, pero poco a poco me desaparezco…

(foto por Ben: http://flickr.com/photos/visbeek/)
-Elian
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Cuando un vaso cae pierde su identidad, su forma y aun su destino. Entero un vaso tiene un propósito, separado en mil pedazos cada uno de ellos es un arma que corta sin distinguir amigo de enemigo.
Hace diez minutos a mi mente le sucedió lo mismo. Donde antes había pensamientos coherentes encerrados en un yo ahora solo se encuentran miles de pedazos afilados sin orden ni destino. Mi mente se desgarró en quinientos pensamientos de todos tamaños. Juntos formaban una identidad, algo que llamamos ser. Separados cada uno es como un trozo de vidrio que corta sin reconocer a su dueño. Desviarme de este hilo de coherencia sería como caminar en una puerta hecha añicos, primero mis pies quedarían inútiles, después mis rodillas, luego mis manos y finalmente caería todo cortado por fuera.
Intento cuidadosamente acomodar una a una mis ideas. Lentamente salto de un vidrio a otro intentando no lastimarme pero es inútil, cada qué cambio de lugar un hilo rojo acompaña mi camino. Poco a poco el dolor aumenta. Puedo sentir como la sangre se acumula en mi cerebro cada que cambió de idea, empapando lentamente el piso de lo que alguna vez fui. Tomando lo poco que me queda de valor decido cambiar una vez más de pensamiento.
Solo hay una forma redondear las esquinas de un vidrio cortado. Se toma un pañuelo y se envuelve el vidrio adentro. Después con un martillo se golpea 20 veces para convertir lo que era un arma en polvo tan fino capaz de volar con el viento. Imaginando el proceso no sé si tenga el valor de hacer conmigo lo mismo…

(foto de Just.Luc en flickr)
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Respiro profundamente. El viento del norte entra en mis pulmones lentamente y sale en dirección sur. Sin prisa abro los ojos para descubrir de nuevo la inmensidad del valle que se encuentra frente a mis pies. Por un segundo me olvido de mi mismo y me convierto en parte del paisaje. Al regresar a mis sentidos siento una tranquilidad que proviene de la ausencia de recuerdos y de la falta de un futuro inminente. Tal vez la paz sea algo que se encuentre solo en un absoluto presente.
Vuelvo a cerrar los ojos y al abrirlos de nuevo olvido donde es el atrás y donde es adelante. Sé que tuve que haber caminado desde alguna dirección par a llegar al pie del valle, sin embargo ya no recuerdo hace cuanto fue eso. Me recargo en el árbol que se encuentra a mi lado para evitar el sol que me pega de frente. De pronto otra ráfaga de viento frío me hace regresar al presente. ¿Tengo hambre? Últimamente hay muchas preguntas que no puedo responder.
Volteo a ver hacia el este. A lo lejos solo montañas, y entre las montañas un pequeño pueblo. Me rasco la barba mientras me pregunto hace cuanto tiempo que no estoy en un pueblo tomando un whiskey en una taberna. Podría haber sido ayer pero en realidad no recuerdo, y en este momento no es algo que me preocupe. Al sentarme siento el contacto de mi cintura con el frío acero y por primera vez siento miedo. Acaricio lentamente la hoja afilada. El contacto de mis dedos con el helado acero me regresa mis memorias y recuerdos. Huyo.
Mis músculos se tensan y mis oídos se ponen atentos. Vuelvo a mirar el valle y en un instante recuerdo cómo fue que pasó todo. El miedo y el presente se van para ser remplazados por un futuro que solo existe en mi mente. Desaparece el futuro y regresa lentamente la imagen de un valle verde, un valle perfecto, un lugar ideal.
Acaricio al árbol y cuento las ramas. Sé que es tan buen lugar como cualquier otro. Acomodo mi espalda sobre el tronco mientras espero. Sé que todavía cuento con algunas horas, pero eventualmente vendrán…

(foto por: Edwuard Dullard’s)
-Elian
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Si miro hacia dentro de mí siento una furia roja como el atardecer y profunda como una noche sin estrellas. A veces me pregunto si soy yo o es el mundo que pinta todo con un tinte colérico. El más mínimo sonido provoca emociones intensas en mi mente. No es que desee la muerte de todos los que me rodean, o que imagine castigos eternos para aquellos que me cruzan en un momento desafortunado. Es simplemente que un leve murmullo fuera de lugar es capaz de elevar mi nivel de odio hacia un punto blanco (suelo ver un punto blanco en momentos de cólera) incontenible. Pierdo la vista, mis sentidos se diluyen en una nube abstracta de cólera y dejo de ser.
Y sin embargo los martes por la tarde no soy capaz de sentir odio, ni furia, ni cólera, ni amor… Solo siento…. algo que me envuelve…. y me separa del mundo.
Pero después…
Siempre regresa, en momentos anunciados y no anunciados. La hora no es importante cuando uno está furioso.
Mis ojos comienzan a entrecerrarse lentamente. Mi mirada se fija en un punto. Dejo de pensar y comienzo a respirar más rápido. De pronto me doy cuenta que estoy sentado y el espacio me queda chico. Me muevo, me levanto y me vuelvo a sentar. Comienzo a sentirme ofendido sin ninguna razón y entonces el orgullo, ahhh siempre el orgullo, se aparece en primer plano para restregarme en la cara lo poco hombre que soy!
Las consecuencias no existen en mundo colérico. Las razones no tienen nombre y las personas se vuelven obstáculos. En este mundo solo hay un dios que guía mis movimientos, el orgullo. Y solo hay una meta, llevar mi orgullo a un trono de donde pueda elevarme y donde el mundo quede tan abajo que desaparezca. En ese mundo de ira blanca soy rey de mi propio destino. Y sonrío.
Pero hoy es martes. Hoy no tengo dios ni religión, solo un absoluto sentido de vacío que se expande como una plaga dentro de mí y llena los huecos y los no huecos.
Ira blanca mañana por la mañana. ¿Seré alguien normal?

-Elian
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cuento:
Hay oscuridades que la vista no puede percibir. Oscuridad en el tacto, en el olfato, ofuscaciones completas de los sentidos provocados por el miedo, ansia o terror. Momentos donde los sentidos no responden y se pierden en algún rincón profundo de la mente…
Sin embargo ahora no es el momento para pensar en eso. Lentamente recorro las líneas de los 2 párrafos que me separan del conocimiento absoluto. En la segunda línea sin darme cuenta pierdo el sentido del oído mientras que mi piel se hace más sensible. Puedo sentir como mi corazón se acelera palabra con palabra. En la 3ª línea siento que comienzo a respirar en espasmos cortados y al final del primero párrafo me siento mareado. Antes de continuar con las 5 líneas que me separan del final decido voltear a mí alrededor. De repente el cuarto se siente muy chico y es entonces cuando me doy cuenta de que perdí por un momento el sentido del oído. Inmediatamente comienzo a escuchar ruido a mí alrededor, como si de pronto hubiera iniciado una película previo a un silencio absoluto, no me gusta. Al voltear hacia la ventana veo como la lluvia cubre el campo verde e intento grabar esa imagen como si fuera la última de toda mi existencia.
Lentamente giro mi cabeza hacia el teléfono, pero antes decido seguir leyendo. Me levanto en la penúltima línea, no necesito leer las últimas palabras para estar seguro de lo que está sucediendo. Agarro el teléfono con mi mano izquierda y cruzo la distancia que me separa hacia la puerta en menos de dos pasos. Al salir veo un mundo lleno de máquinas y comienzo a respirar más rápida y cortadamente. Veo la puerta de salida y sin gastar aire ni energías en darle explicaciones a las personas que me rodean me dirijo como puedo hacia ella. Levanto el teléfono con esfuerzo y mientras busco el número le pido al vigilante que le marque a Julian. Me alcanzo a dar cuenta de que no tiene la menor idea de lo que estoy diciendo y por un segundo me pregunto si llegué a articular las palabras o si solo existieron en mi mente.
Veo el nombre de Julian en la pantalla pero el teléfono tarda una eternidad en hacer conexión con su línea. Tambaleándome doy los últimos pasos que me separan de la última puerta y al llegar siento claramente el golpe fresco de aire y lluvia matutina. En ese momento pude sentir como la sangre atravesaba más rápido de lo normal mi cuerpo. No tuve tiempo de pensar en nada, solo supe que tenía poco tiempo, muy poco tiempo y en ese instante el dolor se agudizó. Fue entonces que percibí con claridad la oscuridad en mis sentidos por un instante (todos menos el de la vista). Justo antes de caer pude escuchar su voz medio dormida diciendo “bueno?”.

- Elian
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